lunes, 15 de diciembre de 2014

Blasco Ibáñez: Guangzhou en 1923 (y ahora)

«Voy, sin embargo, a Cantón, y el viaje resulta breve, fatigoso, casi inútil. Hay un ferrocarril que parte de Hong-Kong, pero hace más de un año que no funciona. La línea es inglesa, y como el presidente de la República de Cantón se quedó en repetidas veces con el material rodante, sus directores han creído oportuno suspender el servicio. Viajamos por el río en cómodos vapores al estilo americano, con varias cubiertas, que son a modo de hoteles flotantes.

Pasamos entre las numerosas islas del estuario, siguiendo unos canales dorados por el sol naciente, con riberas de verde obscuro. Dentro ya del río atravesamos un estrecho que los descubridores portugueses llamaron Boca Tigris. A la ida, navegando contra la corriente, invertimos unas seis horas. El regreso, como es natural, resulta más rápido.

A pesar de que los europeos llevan tres siglos establecidos en Cantón, todavía viven aparte, ocupando un barrio llamado Shameen, separado del resto de la población por un canal y que es el lugar donde estaban antiguamente las factorías. Hoy Shameen es una ciudad de tipo americano, con edificios de muchos pisos y varios hoteles, de los cuales el Victoria es el mejor y el más concurrido. Una cuarta parte de los vecinos de este Cantón blanco son franceses y los restantes de lengua inglesa. El «Christian College», establecimiento importantísimo sostenido por los misioneros de los Estados Unidos, sirve de Universidad a muchos centenares de jóvenes del país, que reciben en él una educación moderna. Ocupa el resto de Cantón un área enorme y está habitado por más de dos millones de chinos. Las antiguas murallas, parecidas a las de Pekín, fueron cortadas en varios puntos para dar expansión a la ciudad. Además, una parte de los habitantes, más de 160.000, viven sobre el río en sampanes.
Fulai Garden, Old Guangzhou
Old Guangzhou

New Guangzhou, pisos en Liede Chun
New Guangzhou, Parque Huacheng Dadao
Guangzhou en 2014



También han flotado durante siglos en las orillas del río Perla los famosos «bajeles de flores». El lector sabe indudablemente de qué sirven estas casas acuáticas, unidas a tierra por un ligero puente y con galerías cubiertas de plantas trepadoras y vasos floridos. Su tripulación —llamémosla así— es de mujeres con el rostro pintado y túnicas de colores primaverales. Estos «bajeles de flores», iluminados toda la noche, pueblan las obscuras aguas de reflejos dorados y alegres músicas. De sus patios surgen cohetes voladores que cortan la lobreguez celeste con cuchilladas de luz silbadora y multicolor. Son restoranes y palacios del amor fácil para las gentes libertinas del país. El europeo que consigue penetrar en un «bajel de flores» sale casi siempre golpeado por los parroquianos. Más de una vez ha desaparecido el visitante blanco en el lecho fangoso del río. [...]

Los chinos cantoneses nos parecen menos educados, más levantiscos e insolentes que los de otras ciudades. Gritan al vernos pasar con una voz agresiva; se dirigen a los compatriotas que tiran de nuetras ricsha, y aunque no puedo entender sus palabras, creo adivinarlas por los gestos con que las subrayan. Insultan induda- blemente a estos compatriotas que sirven de ca- ballos a los blancos. Se nota en la muchedumbre una excitación extraordinaria, a causa sin duda de los cruceros anclados en el río. Hay numerosos barcos de guerra ingleses, franceses y norteamericanos; además un crucero de Italia y otro de Portugal, todos con los cañones desenfundados y prontos a la acción.

Después del almuerzo en el Hotel Victoria, cuando los más curiosos nos disponemos a salir por las calles de los barrios chinos para visitar sus famosos almacenes de porcelana, llegan varios enviados de los cónsules y nos advierten que sería razonable y prudente un regreso inmediato a Hong-Kong. Hace varias varias horas que en un extremo de Cantón las tropas del doctor Sun Yat Sen emplean sus fusiles y ametralladoras contra unos insurrectos. ¿Qué desean? ¿Por qué luchan?... Nadie lo sabe con certeza. Tal vez son cantoneses que no consideran bastante revolucionario al doctor, y como tienen armas a su alcance, se sublevan contra él, ya que no destruye con una rapidez milagrosa los cruceros de los blancos.

Nos marchamos en las primeras horas de la tarde, viendo otra vez los barcos flotantes del Cantón fluvial, y en plena noche llegamos a nuestros camarotes del Franconia. [...] Con frecuencia se oye hablar en China de piratas; pero en las provincias del Sur y especialmente en el estuario del río Perla, la piratería es objeto de un respeto simpático, como el que infunden las instituciones tradicionales.» (págs. 214-217)

sábado, 13 de diciembre de 2014

Bratsch - Nane Tsora

En recuerdo de las luminosas horas de radio de Joan Barril (1952-2014)

Nane tsókha, nane gad, Me kinél mange yo dad! Syr vydtjava paloróm, Me kinél mange yo rom! Dado, kin mange chenya, O chenya sumnakune. Na kinesa o chenya, Na beshava dro chaya! Zageyom me drey da sado, Zriskirdyom me tzvéto, Prekirdyom les ke sheró, Te kames miro iló. Nane tsókha, nane gad, Me kinél mange yo dad! Syr vydtjava palorom, Me kinél mange yo rom!

   
I’ve no sweater, no blouse, Let my father buy them for me! If I get married, Let my husband buy them for me! Daddy, buy me earrings, Earrings of gold. If you don’t buy the earrings, I won’t be maiden for long! I went into a garden, I picked up a flower, I fixed it to my head, For you to want my heart. I’ve no sweater, no blouse, Let my father buy them for me! If I get married, Let my husband buy them for me!

JOAN BARRIL. Foto PERE TORDERA

miércoles, 3 de diciembre de 2014

György Faludy: Días felices en el infierno


«Suzy había sido arrastrada al Partido Comunista por la indignación que sentía ante la injusticia social, por rebeldía contra sus padres, que eran bastante ricos, y también por su bondad, por su amor a la gente, que era casi tan grande como su ignorancia de la filosofía y la historia. Como todas las personas que se adhieren al Partido por motivos morales, había empezado a abandonar todo escrúpulo moral en el mismo momento en que firmó su inscripción. Los escrúpulos desapare- cerían por completo cualquier día, y su fe en el comunismo volvería a poner en orden el caos afectivo al que esa misma fe le había conducido. Pero para que eso ocurriera tenía que pasar un tiempo.

Es extraño, pero había llegado a esta conclusión considerando el hecho de que Suzy nunca había estudiado griego y muy poco latín. A lo largo de los últimos años, me había fijado en que la penetración de la ideología comunista era más profunda cuanto menor era el grado de conocimiento de las lenguas clásicas y las humanidades, y quizás por eso los comunistas se habían apresurado, nada más tomar el poder, en eliminar el latín de la educación secundaria. Ninguno de mis cuarenta condiscípulos de colegio había acabado siendo comunista [...]

Tenía la sensación de que algo de lo que había aprendido en mis clases de griego, de latín y de historia era la piedra angular de mi rechazo del comunismo. Cada vez que leía los textos o escuchaba los discursos de
los jerarcas del régimen, las reglas precisas de la gramática latina me advertían de que los sujetos no concordaban con sus comple- mentos, de que el empleo de los tiempos era a menudo incorrecto, de que el texto estaba plagado de impurezas. Impurezas no mera- mente formales, sino esenciales, porque el autor o el orador mentían, mentían con absoluto descaro, hasta acabar ahogados por su propias mentiras. La poca lógica que había estudiado me inmunizaba contra sus argumentos, contra sus eslóganes, contra sus promesas, sus predicciones y sus estadísticas. El mundo grecolatino entero se alzaba como una requisitoria contra sus vidas pomposas, aburridas y angustiadas, desde sus incubadoras adornadas con retratos de Stalin hasta sus funerales profanos [...] Vidas hechas de intriga y traición, tristes y desperdiciadas, llenas de histeria desabrida o de impostada y nerviosa impasibilidad, carentes del más mínimo atisbo de honestidad, sensualidad, curiosidad, alegría o libertad: sí, todo el mundo grecorromano se levantaba contra ellos, los cielos azules y serenos de Homero, la sabiduría de Marco Aurelio, los idilios de Teócrito, los sepulcros del cementerio de Diphilon en Atenas, las eróticas de Catulo, los filósofos paseando por la Stoa Poikile; todo lo que había sido pensado, realizado, dicho o escrito en el mundo antiguo, incluso los frescos pornográficos y las maldiciones visibles aún en los muros de Pompeya.» (pp. 381-382)


György Faludy
"Días felices en el infierno, la obra maestra del poeta, periodista, traductor y enfant terrible de las letras húngaras del siglo xx György Faludy (Budapest, 1910- 2006), es el relato trepidante de quince años de la biografía del autor, que comprenden desde su huida de Hungría (perseguido judicialmente por el gobierno filonazi), a finales de 1938, hasta su salida del campo de trabajos forzados de Recsk, donde había sido internado en 1949, entre los miles de detenidos a raíz del proceso a Lazsló Rajk, bautismo de sangre del estalinismo húngaro. Editado en inglés en 1962, el libro no fue publicado en húngaro hasta 1989, tras la caída del régimen comunista."

sábado, 29 de noviembre de 2014

La pasión (y lo indecible) de Clarice Lispector


La pasión según G. H. (1964)
Clarice Lispector (1920-1977)
Trad. Alberto Villalba
Siruela, 2013
[primeras páginas]

«Pues lo que estaba a punto de ver era aún anterior a lo humano.
  No, no había sal en esos ojos. Tenía la certeza de que los ojos de la cucaracha carecían de sabor. Yo me había habituado a la sal, la sal era la transcendencia que me permitía apreciar un gusto, y poder escapar a lo que yo llamo "la nada". A la sal estaba yo habituada, me había construido toda entera en función de la sal. Pero lo que mi boca no podría entender era la ausencia de sabor. Lo que todo mi ser ignoraba era lo neutro.
  Y lo neutro era esta vida que anterior- mente yo llamaba la nada. La nada era el infierno.
  El sol se había desplazado un poco hasta tocar mi espalda. La cucaracha seccionada también estaba al sol. No puedo hacer nada por ti, cucaracha. No quiero hacer nada.
  Es que no se trataba ya de hacer algo: la mirada neutra de la cucaracha me decía que no se trataba de eso, y yo lo sabía. Solo que no soportaba permanecer simplemente sentada allí, siendo, y por tanto, quería hacer. Hacer sería transcender, transcender es un desenlace.» (p. 73)

«Al lado de mi rostro introducido por la abertura de la puerta, muy cerca de mis ojos, en la semioscuridad, se había movido una cucaracha enorme. Mi grito fue tan ahogado, que solo por el silencio contrastante me di cuenta de que no había gritado. El grito se había quedado golpeando dentro del pecho [...]
  Solo que de haber descubierto de repente vida en la desnudez de la habitación me había asustado como si hubiese descubierto que la habitación muerta era, en verdad, poderosa. Todo allí se había secado, pero quedaba una cucharada. Una cucaracha tan vieja que era inmemorial. Lo que siempre me había repugnado de las cucarachas es que eran obsoletas y, sin embargo, actuales. Saber que ellas ya vivían sobre la Tierra, e iguales que hoy día, antes incluso de que hubiesen aparecido los primeros dinosaurios, saber que el primer hombre ya las había encontrado proliferantes y arrastrándose, saber que habían sido testigos de la formación de los grades yacimientos de petroleo y carbón del mundo, y allí estaban durante el gran avance y después durante el gran retroceso de los glaciares, la resistencia pacífica. Yo sabía que las cucarachas resistían más de un mes sin alimento o agua. Y que hasta de la madera hacen una sustancia nutritiva aprovechable. Y que, incluso después de pisadas, recuperaban lentamente su forma y seguían caminando. Incluso congeladas, al descongelarlas proseguían la marcha. .. Hace trescientos cincuenta millones de años que se reproducían sin transformarse. Cuando el mundo estaba casi desnudo, ellas ya lo cubrían pausadas.» (pp. 42-43)


Entrevista con CL - São Paulo, 1977

Indecible, dijo ella. Enrique Vila-Matas, Café Perec, El País, 10/11/2014

martes, 25 de noviembre de 2014

China today según Joaquín Campos (y otras)

«Las transferencias (de dinero) entre China y España son inexistentes. Este país, aparte de no fiarse ni de ellos mismos, anda con importantes retrasos. Es incomprensible la cantidad de papeles que uno tiene que llegar a firmar para hacer movimientos presumiblemente sencillos. Los bosques, aquí, importan una buena mierda.
  —¿Está segura que este es el papel para enviar?
  —Sí.
  —Es que aquí pone "recibir".
  —¡Ah! Perdone, es este otro.
La necedad es calificativo contiguo al chino de etnia "han". No falla. Tantas décadas oprimidos, desaprovechados, alejados de la cultura sobre una charca de odio y heces, que ahora les es difícil dar con la tecla. Sobre todo, teniendo en cuenta a la velocidad que marcha este país, que engulle vidas como días tiene el calendario. De pronto, no ya sólo deben dar más de sí, sino que además deben parecer occidentales.
  —Perdona, ¿me puedes dar un número para mi turno?
  —Aquí lo tiene.
  —¿El ciento veintisiete? Pero si va por el noventa y dos.
  —Lo siento, tiene que esperar. Puede tomar asiento allí.
El ciudadano, en general, es ganado. Y en China, aún menos que eso. Por eso debo esperarme una hora a que un insulso señor descamisado y repelente me atienda, cometa cien errores, no sepa decir en inglés ni "yes", y envíe mi dinero sin saber a ciencia cierta si llegará o se quedará en el limbo. Mientras llega el turno para mi sufrimiento infinito debo esperar en una silla de plástico, de la peor calidad, rodeado de todo tipo de carroña social: unos fuman, otros sorben el paquete de "noodles", alguno da una cabezada. Se salva una hermosa señora, entrada en años, que me mira risueña sin saber la que se le podría caer encima. El aire acondicionado, como no podía ser de otro modo, emana congelación absoluta. Y el gordo que tengo a mi lado, clara muestra del crecimiento chino que ha dejado de lado las hambrunas para en poquísimo tiempo crear obesos mórbidos, se saca un moco de la nariz con un dedo ennegrecido. El guarda de seguridad, que va vestido como un fontanero magrebí, ni pone orden ni sabe realmente a qué se dedica [...] El inane me está poniendo de los nervios. Aparte de esperar una hora y cuarto para que la sucia megafonía cantara mi turno, lleva leyendo los papeles que rellené hace ya rato como si no entendiera nada [...] Me cansa este país, me cansan sus ciudadanos incompetentes: me hacen perder el tiempo, gastar energía, me sacan todo lo malo que llevo dentro.» (Faltan moscas, pp. 99-101)


Faltan moscas para tanta mierda
Joaquín Campos
Espuela de Plata, 2014
300 págs. | 17 €


Cómo subir a un tren en China


martes, 18 de noviembre de 2014

El turista cultural (Jorge Carrión, Librerías)

«¿Qué fue lo primero que hice al llegar a Sidney? Buscar una librería y comprarme una edición de bolsillo de The Songlines de Chatwin, cuya traducción al castellano había leído tiempo atrás, y otra de Austerlitz de Sebald, que acababa de publicarse en inglés. Al día siguiente visité Gleebooks y estampé uno de los primeros sellos de mi pasaporte invisible, que en aquella época (mediados de 2002) tenía un sentido, digamos, transcendente para mí, peregrinaba a las librerías, a los cementerios, a los cafés, a los museos, templos de la cultura moderna que adoraba todavía. Como se habrá adivinado ya a estas alturas del ensayo, hace tiempo que asumí mi condición de turista cultural o de metaviajero y que dejé de creer en pasaportes invisibles. La metáfora, no obstante, me parece bastante adecuada y, en el caso de los amantes de las librerías, serviría para enmascarar una pulsión fetichista y sobre todo consumista, un vicio que a veces se parece demasiado al síndrome de Diógenes. De aquel viaje de dos meses por Australia regresé con veinte libros en la mochila, algunos de los cuales desaparecieron en la criba de mis mudanzas sin haber sido leídos, hojeados, ni siquiera abiertos.

Como digo: al día siguiente fui a Gleebooks, pero los dos libros fundamentales del viaje los compré en una librería cualquiera. Hay que distinguir entre las grandes librerías del mundo y las librerías de urgencia. Por supuesto son estas las que nos nutren de las lecturas más necesarias, las que no pueden esperar, las que nos entretendrán durante un vuelo o un viaje en tren, las que te permiten comprar un regalo en el último momento, las que te proporcionan —el mismo día en que ha sido distribuido— el libro que estabas esperando. Sin las librerías de urgencia no existirían las otras, no tendrían sentido. Una ciudad tiene que ser una trama de comercios de libros: desde el quiosco hasta la librería principal, se abre una gama de librerías modestas y medianas, de cadenas de libros, de secciones de bestsellers en supermercados, de establecimientos de libros de ocasión, de librerías especializadas en cine, en cómic, en novela policial, en libros universitarios, en medios de comunicación, en fotografía, en viaje.» (Librerías, pp. 229-230)

LIBRERÍAS
Jorge Carrión
344 págs. | 19,90 €
Anagrama Argumentos
La Central. C. Mallorca 237, Barcelona
ALGUNAS LIBRERÍAS DE BARCELONA
· Abacus (de proximidad)
· Alibri (de todo)
· Altaïr (viajes)
· Antinous (lgbti)
· Babelia (coffee & books)
· Calders ('especializada en libros')
· Casa Anita (infantil y juvenil)
· Casa del Libro (pues eso)
· Come In (inglesa)
· Documenta (humanidades)
· El Corte Inglés (aún)
· Epsilon (esotérica)
· Espai Literari (nous autors i editors)
· fnac (cultura y tecnología)
· Gigamesh (ciencia ficción)
· Guía (viajes)
· Happy Books/La formiga d'or (bolsillo)
· Haiku (japonesa)
· Jaimes (francesa)
· Kowasa (fotografía)
· La Caníbal (alternativa)
· La Central (de cabecera)
· La ciutat invisible (coop. autogest.)
· La Ploma (África negra)
· Laie (literatura)
· Maite (de proximidad)
· +Bernat (almacén de cultura)
· Negra y Criminal (intriga)
· Nollegiu (poesía y agitación)
· Norma (cómics)
· Ona (la cosa catalana)
· Pequod (de proximidad)
· Pròleg (feminista)
· Re-Read (segunda mano)
· Studio (anticuaria)
· Taifa (nuevos y/o leídos)
· Y muchas más

miércoles, 12 de noviembre de 2014

A.M. Homes: Ojalá nos perdonen (por vacuos)

Man of the house, Emiliano Ponzi, 2012

A. M. Homes
OJALÁ NOS PERDONEN
(May We Be Forgiven, 2012)
Trad. Jaime Zulaika
Anagrama, Barcelona, 2014
650 páginas. 24,90 euros
(primeras páginas)



Opinión de Alberto Manguel: "Los personajes de Homes [...] con sus locuras e infelicidades, nos interesan, pero no nos conmueven."

(A mí, ni lo uno ni lo otro; interminable ristra de diálogos triviales.)
    «—¿Qué te trae por aquí hoy? —pregunta alguien.
—Me han despedido —digo. Hago una pausa y empiezo de nuevo. Follé con la mujer de mi hermano y luego mi hermano llegó a casa y la mató. Mi mujer está tramitando el divorcio. Y ahora, hoy, después de haber enseñado muchos años en la misma universidad, me han dicho que este semestre es el último. Vivo en la casa de mi hermano mientras está entre rejas. Le cuido a la perra y a la gata y hace poco he empezado a usar su ordenador, ya saben, entro en la web, visito sitios. He quedado para comer con un montón de mujeres; en general no se trata de comer, sino de sexo. Mucho sexo.» (p. 139)



«La escritora estadounidense A. M. Homes ganó el premio Orange por "Ojalá Nos Perdonen", tragedia familiar con centro en Harry Silver, profesor de Nueva York especializado en el presidente Richard Nixon que tiene un encuentro amoroso con su cuñada después de que su hermano ingrese en un psiquiátrico tras intervenir en un accidente de tráfico con resultado de dos personas muertas. Su hermano descubrirá el affaire...» (De Aloha)

jueves, 6 de noviembre de 2014

No soy de aquí, ni soy de allá



FACUNDO CABRAL - NO SOY DE AQUÍ (version original, 1970)

Me gustas tú y el mundo que te acompaña,  
la primavera y los pastores de España,
la libertad y aquel invierno de Holanda,
entre Van Gogh y Apollinaire.
Me gusta el mar y el fuego que te delata,
Alejandría y los antiguos piratas,
el nacimiento permanente en Manhattan,
y el desenfado de los blues.
No soy de aquí, ni soy de allá,
no tengo edad, ni porvenir,
y ser feliz es mi color de identidad.
Me gusta el sol sobre la Piazza San Marcos,
y la manera de esperar del tarasco,
el viejo grupo armando el nuevo cigarro,
y las mujeres de Aviñón.
Letra y música: Facundo Cabral Facundo Cabral (Buenos Aires, 1937 - Guatemala, 2011)

lunes, 3 de noviembre de 2014

Boardwalk Empire, otra serie para volver a ver

Steve Buscemi como Nucky Thompson

La serie Boardwalk Empire (Terence Winter, HBO) refleja los años de le Ley Seca (1920-1930) en la costa este de Estados Unidos, una época de violencia, locura y jazz. La Enmienda 18 (Ley Volstead), que prohibía la importación, exportación, elaboración, trasporte o venta de bebidas alcohólicas, se perfilaba como la manera de acabar con los excesos de una sociedad eufórica tras la Primera Guerra Mundial. Pero lo que generó fue el auge del crimen organizado y de todo tipo de actividades ilegales. En ese mundo floreciente pero al borde del colapso, Enoch Nucky Thompson (sensacional creación de Steve Buscemi) es el rey de Atlantic City, una ciudad desbordada por el juego, el alcohol y la violencia donde Nucky domina los bajos fondos al mismo tiempo que maneja el poder político al servicio de sus intereses.

BOARDWALK EMPIRE (HBO)
5 temporadas, 56 capítulos (2010-2014)
Prod. ejecutivos: Terence Winter, Mark Wahlberg, Martin Scorsese, T. Van Patten
REPARTO
Steve Buscemi : Enoch Nucky Thompson
Shea Whigham : Elias Eli Thompson
Kelly Macdonald : Margaret Schroeder
Michael Pitt : James Jimmy Darmody
Gretchen Mol : Gillian Darmody
Jack Huston : Richard Harrow
M. Kenneth Williams : Albert Chalky White
Margot Bingham : Daughter Maitland
Michael Shannon : Nelson Van Alden
Paz de la Huerta : Lucy Danziger
Charlie Cox : Owen Sleater
Stephen Graham : Al Capone
Matt Letscher : Joseph P. Kennedy
Paseo marítimo de Atlantic City
Los momentos por los que recordaremos siempre... Jesús Travieso. 20 minutos, 28/10/2014
Nucky. David Trueba. El País, 28/10/2014


THE FINAL SHOT - A FAREWELL TO BOARDWALK EMPIRE

lunes, 27 de octubre de 2014

Michel Houellebecq: Plataforma

«Abrí con resignación La tapadera, me salté doscientas páginas, retrocedí otras cincuenta; por casualidad di con una escena guarra. La intriga había avanzado bastante: Tom Cruise estaba ahora en las islas Caimán, poniendo a punto no se qué dispositivo de evasión fiscal; o denunciandólo, no estaba claro. Sea como fuere, conocía a una espléndida mestiza, y la chica no se asustaba de nada. [...] Yo me la estaba machacando con ganas, intentando imaginar mestizas con minúsculos trajes de baño en mitad de la noche. Eyaculé con un suspiro de satisfacción entre dos páginas. Se iban a pegar; bueno, tampoco era un libro de los que se leen dos veces. [...] Lo intenté con mi otro best-seller norteamericano, Control total, de David G. Balducci; pero era todavía peor. Esta vez el héroe no era un abogado, sino un joven informático superdotado que trabajaba ciento diez horas por semana. [...] Hice un agujero en la arena para enterrar los dos libros; el problema es que ahora tenía que encontrar algo que leer. Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos. A los catorce años, una tarde en que la niebla era especialmente densa, me perdí esquiando; tuve que atravesar zonas de aludes. Recordaba sobre todo las nubes plomizas, muy bajas, y el silencio absoluto de la montaña. Sabía que aquellas masas de nieve podían desprenderse de pronto [... ] Me arrastrarían varios cientos de metros en su caída, hasta el pie de las rocas; entonces moriría, probablemente en el acto. Sin embargo, no sentía el menor miedo. Me fastidiaba que las cosas acabaran así, por mí y por los demás. Habría preferido una muerte mejor preparada, en cierto modo más oficial, con una enfermedad, una ceremonia y lágrimas. Lo que más sentía, en realidad, era no haber conocido el cuerpo femenino. Durante los meses de invierno, mi padre alquilaba el primer piso de su casa; aquel año lo había cogido una pareja de arquitectos. Su hija, Sylvie, también tenía catorce años; parecía sentirse atraída por mí, o por lo menos buscaba mi presencia. Era menuda, graciosa, y tenía el pelo negro y rizado. ¿Tendría también el sexo negro y rizado? Ésas son las ideas que me venían a la cabeza mientras caminaba penosamente por la ladera de la montaña. Desde entonces, me he preguntado a menudo por qué, en presencia del peligro, incluso de una muerte próxima, no siento ninguna emoción especial, ninguna descarga de adrenalina. Yo buscaría en balde esas sensaciones que atraen a los que practican «deportes extremos». No soy nada valiente, y huyo del peligro tanto como puedo; pero llegado el caso, lo recibo con la placidez de un buey. Supongo que no hay que buscarle más explicación, que es sólo un asunto técnico, una cuestión de dosificación hormonal; parece que otros seres humanos, en apariencia semejantes a mí, no sienten la menor emoción en presencia del cuerpo de una mujer, que en aquella época me sumía, y a veces todavía lo hace, en trances imposibles de controlar. En la mayoría de las circunstancias de mi vida, he sido poco más o menos tan libre como un aspirador.» (págs. 84-87)
PLATAFORMA
Michel Houellebecq
(Plateforme, 2001)
Trad. Encarna Castejón
Anagrama, 2002
320 págs. | 10,90 €
[fragmento]


De la editorial: "Michel, parisino, funcionario, cua- rentón, apocado y apático, incapaz de experimentar ninguna emoción, parte de vacaciones a Tailandia para olvidarse de todo y sumer- girse en un paraíso de placer en el oasis del turismo sexual. Allí conoce a Valé- rie, directiva de Nouvelles Frontières y con ella decide crear una red mundial de colonias turísticas en las que el sexo se practique libre- mente, los deseos estén en venta y la prostitución sea legal. [...] Una novela que ha conmocionado a Francia por su provocadora visión del cinismo erótico de la sociedad de consumo.


[mucho menos que los otros]

jueves, 23 de octubre de 2014

Marc Bernard: La muerte de la bien amada

«La habría preferido más humana, y en cierto modo lamentaba que se negase a hablar. Me parecía que su silencio nos privaba de lo esencial, lo que nos habría permitido sondear nuestras propias profundidades. Cuando tan cerca estaba de perderla, anhelaba descender a las simas de su alma. Avanzaba con prudencia, con timidez, evitando por todos los medios violar su reserva, sabedor de que Else no debía perder ni una pizca de su fortaleza y, sin embargo, lamentaba que no pudiésemos mantener una conversación en la que confiarnos lo más valioso, lo más secreto, explorar los fundamentos de nuestra condición, de nuestra desgracia, como quien se deja caer para hallar una base en la que apoyarse. Parecía no oírme en estos casos; se negaba a interpretar mis sutiles alusiones. Y, una vez más, no se equivocaba.

Creo que callaba para no dar más entidad a su muerte al evocarla; se encontraba más a gusto tratándola de soslayo, dándole el mínimo protagonismo, dejando que acudiera despacio sin que atenciones de ninguna clase señalasen que la sabía próxima, dejándose expoliar furtivamente. Fue esa misma sabiduría la que la alentó a consumir sólo agua en los últimos diez días, sumando su propio desgaste al de la enfermedad. Yo insistía en darle de comer, pero Else se negaba. Es cierto que ya sólo digería a costa de un gran malestar. Su intención, y en ella ponía todo su empeño, era tratar de morir al menor coste, lo menos dolorosamente posible. Ella, tan inteligente, ponía en práctica una sabiduría animal. Así mueren las bestias.» (págs. 27-28)


LA MUERTE DE LA BIEN AMADA
MARC BERNARD
(Nimes, 1900-1983)
(La Mort de la bien aimée, 1972)
Trad. Regina López Muñoz

Errata naturae, 2014
Col. El Pasaje de los Panoramas
144 págs | 14,50 €
[primeras páginas]

martes, 14 de octubre de 2014

Forges, otoño 2014

Forges, El País, 20141001
Buenos días, ¿tienen alguna vacuna contra esto en general? / Huya. /
Pero ¿a dónde? / Bueno, esa es otra.
   Forges, El País, 20140908
He convocado esta rueda de prensa porque se han sacado de contexto mis rebuznos de anteayer.
Forges, El País, 20140911
La Real Academia intenta poner en valor que la expresión "poner en valor" es inadecuada. /
Stupendo. / Grandes "periodistas", afirmo.
Forges, El País, 20140910
Ahora resulta que los videojuegos "matamuch" son productos culturales... /
Así nos va. / No; así nos hacen ir.

jueves, 9 de octubre de 2014

Rosa Montero: Historias de mujeres (asombrosas)

«A Rosa Montero le gustaría parecerse a George Sand, símbolo de pasión "y de vida intensa hasta el final", y le parecen abominables Laura Riding, la desequilibrada amante de Robert Graves, o Aurora Rodríguez, que asesinó a su hija Hildegardt. A través de 15 personajes muy diferentes, la escritora refleja una parte de la historia clandestina de las mujeres y sus esfuerzos, muchas veces trágicos, para liberarse de la norma social masculina.

A la afirmación de que detrás de cada, gran hombre siempre hay una gran mujer (o una mujer asombrada), ¿podría añadirse que detrás de cada gran mujer siempre hay un miserable? "Muchas veces sí", comenta Rosa Montero, uno de cuyos perfiles biográfico-periodísticos corresponde a María Lejárraga, que le escribía las obras a su marido, el célebre dramaturgo Gregorio Martínez Sierra que se llevó la fama sin el menor asomo de pudor y se hizo amante de la primera actriz de su compañía, Catalina Bárcena [...] Rosa Montero, ha observado una cosa "tremendamente inquietante": "cómo se repite una y otra vez el que la mujer construye su vida en el deseo del otro y no en el suyo propio". Montero no conoce las respuestas a los juegos patológicos y perversos que se crean en las relaciones, pero en el caso de sus biografiadas se dio cuenta de que sus experiencias y amoríos, desde el siglo. XVIII hasta bien entrado el siglo XX, fueron mucho más difíciles que las que se viven ahora. [...]

Entre las biografías más trágicas figuran las de la escultora francesa Camille Claudel, amante de Rodin, y la de la escritora suiza muerta en Argelia a los 27 años Isabelle Eberhardt. Pero Rosa Montero explica que no todas las mujeres reflejadas en el libro tuvieron vidas tan desgraciadas. "Ni Sand ni Agatha Christie, ni Margaret Mead ni Simone de Beauvoir. Ni siquiera las hermanas Brontë". Incluso una vida tan oscurecida por el marido como la de María Lejárraga acaba brillando porque ella "tenía una capacidad enorme para ser feliz" [...]

"Me paré en 15 porque me agoté", comenta Rosa Montero, cuya conclusión es que la realidad oficial, "la normalidad", es mentira. "Las vidas singulares van en contra de los valores habituales, lo que significa que esos valores habituales no son ciertos. La intimidad siempre transgrede la normalidad en alguna medida". Montero escribe en su libro que media humanidad, "la parte femenina, ha vivido durante milenios una existencia a menudo clandestina y en gran medida olvidada, pero siempre mucho más rica que la norma social en que estaba atrapada, siempre por encima de los prejuicios y los estereotipos".

Además de los personajes citados, el libro incluye las historias de Frida Kahlo, que a los 18 años empezó a pintar por aburrimiento, tras el horrible accidente que le machacó la pierna, le rompió la espalda, le perforó el vientre y la condenó a una vida de enfermedad y convalecencias; Mary Wollstonecraft, autora, en 1792, de Vindicación de los derechos de la mujer; Zenobia Camprubí, la mujer de Juan Ramón Jiménez; Lady Ottoline Morrell, mentora del grupo Bloomsbury, pacifista y amante de Bertrand Russell, y Alma Mahler, mujer del compositor, amante de Oskar Kokoschka y mujer de Walter Gropius.»

HISTORIAS DE MUJERES
ROSA MONTERO
Punto de Lectura, 2006
256 págs., 8,99 €

lunes, 6 de octubre de 2014

Te amo Antinea y me enloqueces

«—¿Y luego?
—Luego, pues murió como todos - dijo la vieja, asombrada de mi pregunta.
—¿Y de qué murió?
Me contestó con las mismas palabras que el señor Le Mesge.
—Pues de lo que los demás: de amor.
—De amor—siguió diciendo.
—Todos mueren de amor cuando ven que se les ha acabado el tiempo y que Cegheir-ben-Cheij parte en busca de otros. Muchos tuvieron una muerte dulcísima, y expiraron con los ojos llenos de lágrimas. No dormían ni probaban bocado. Un oficial de Marina francés perdió el juicio. Cantaba por las noches un triste canto de su tierra que resonaba en toda la montaña. Otro, un español, se puso como rabioso; quería morder a todo el mundo y hubo que matarlo. Muchos murieron por efecto del kif; un kif más violento que el opio. Cuando dejan de ver a Antinea ya no hacen más que fumar y fumar. La mayor parte han muerto así... Y han sido los más dichosos.» (pág. 170)

Pierre Benoit (1886-1962)
LA ATLÁNTIDA
L'Atlantide (1919)
Trad. Rafael Cansinos-Assens
SGEL, Barcelona, 1945