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viernes, 2 de febrero de 2018

Joyce, de Edna O’Brien


Edna O’Brien (Irlanda, 1930)
JOYCE
[James Joyce, Viking Penguin, 1999]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Grijalbo Mondadori, 2001 - 216 págs - bibl. lesseps
[a Alejandro J. y a mí nos ha gustado pero él lo explica mejor]

«Lo cierto es que el Joyce que veía la gente no era más que una fracción del hombre interior. Nadie conocía a Joyce, sólo él mismo. Nadie podía conocerle. Poseía una imaginación meteórica, una mente que acumulaba conocimientos incesantemente, la cabeza rebosante de palabras en continua ebullición e imágenes que se le agolpaban dentro "como las sombras a la entrada del averno". Quería arrebatarle a la vida su secreto y eso solo resultaba factible mediante el lenguaje porque, como él decía, la historia de la humanidad es la historia del lenguaje. De hecho las personas se habían convertido para él en producto de la imaginación y le bastaba con que tal o cual persona habitara en sus sueños. Hasta Finn MacCool ["gigantesco héroe irlandés"] evolucionaba hasta devenir una sombra. Joyce estudió minuciosamente palabras y dialectos para crear el lenguaje nuevo o, mejor dicho, el lenguaje antiguo, eso que en su opinión había existido en prístina pureza antes del babel de lenguas. A partir de esa lengua original decidió recrear cuarenta idiomas: para él era perfectamente razonable que dos hombres charlaran en chino y japonés en Phoenix Park porque era el único modo lógico de expresar "un conflicto profundo, un antagonismo irreductible". El conflicto se encontraba en la raíz de su ímpetu y no, aunque se le acusó de ello, la ofuscación. Joyce, al estar casi ciego, tenía que sentir las palabras, una tarea hercúlea que en ocasiones, como explica Lucia, le arrancaba las lágrimas. Para él la verdad del arte era sagrada, era su religión: la perfección minuciosa del estilo, la variedad métrica, las notaciones musicales y un meollo lírico deslumbrante. Le dijo al escritor polaco Jan Parandowski que quizá fuera una locura ordenar las palabras para extraerles su sustancia, o injertar una dentro de otra para crear variaciones híbridas y desconocidas, casar sonidos que no solían ir juntos; unir y desunir, siempre. » (págs. 198-199)

De la introducción al último fragmento de Anna Livia Plurabelle traducida por Eduardo Lago en el web de Enrique Vila-Matas:

«La traducción de Anna Livia Plurabelle que aquí se presenta consta de 601 frases. En ellas cabe el mundo con todos sus ríos, y sí, queridos Elena y Enrique, hemos terminado: de manera tortuosa, entre rápidos, remansos, meandros y súbitos saltos y caídas, como corresponde a un texto fluvial. ¿Qué va a ser de nosotros sin ti, O, Anna Livia, de quien al final hemos llegado a saber algo? No todo, con Joyce, por fortuna, eso no es posible [...] Con la frase 601 desaparece de hecho una empresa que nos ha llevado a adentrarnos en el alma viva del idioma, el crisol de la lengua universal donde, antes de cobrar forma, hierven como en un pozo de hielo líquido, todas las historias de las que necesitamos alimentarnos a fin de seguir viviendo.»

martes, 1 de febrero de 2022

Una casa propia, de Deborah Levy (3/3)


Deborah Levy (Johannesburgo, 1962)
UNA CASA PROPIA
AUTOBIOGRAFÍA EN CONSTRUCCIÓN
[Real State, 2021]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2022 - 224 págs. - inicio

— Un jo molt semblant a mi, Ma. Àngels Cabré
[también]

«Deborah Levy imagina una casa en una latitud cálida, cerca de un lago o de un mar. Allí hay una chimenea y un mayordomo que atiende sus deseos, hasta el de discutir. Pero Levy en realidad está en Londres, no tiene dinero para construir el hogar que imagina, su apartamento es minúsculo y lo más parecido a un jardín en su casa es un banano al que entrega los cuidados que sus hijas ya no necesitan. La menor ha abandonado el nido, y Levy, a sus cincuenta y nueve años, está lista para afrontar una nueva etapa en su vida. Así, nos lleva desde Nueva York a Bombay, pasando por París y Berlín, mientras teje una estimulante y audaz reflexión sobre el significado del hogar y de los espectros que lo acechan. Entretejiendo el pasado y el presente, lo personal y lo político, y convocando a Marguerite Duras, Elena Ferrante, Georgia O'Keeffe o Céline Schiamma, la autora indaga en el significado de la feminidad y de la propiedad. A través de sus recuerdos hace inventario de sus posesiones reales e imaginarias y cuestiona nuestra forma de entender el valor de la vida intelectual y cotidiana de la mujer. Después de Cosas que no quiero saber y El coste de vivir, esta obra es la culminación de una autobiografía escrita en el fragor de una vida que no está solamente protagonizada por Levy, sino por todas las mujeres que la sostienen con una red invisible.» (CONTRAPORTADA)

Autobiografía en construcción:
Cosas que no quiero saber (1/3)
El coste de vivir (2/3)
Una casa propia (3/3)

viernes, 23 de agosto de 2019

Cosas que no quiero saber, de Deborah Levy (1/3)


Deborah Levy (Johannesburgo, 1962)
COSAS QUE NO QUIERO SABER
AUTOBIOGRAFÍA EN CONSTRUCCIÓN
[Things I Don't Want to Know, 2019]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2019 - 144 págs. - inicio

— Deborah habla con Anna Maria (El Confidencial)
[sí]

«Mientras mordía la dulce pulpa naranja del albaricoque, me descubrí pensando en algunas de las mujeres, de las madres que habían esperado conmigo en el patio de la escuela al ir a recoger a nuestros hijos. Ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos. En realidad no sabíamos qué hacer con ella, con esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos los cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa. Intentábamos responderle pero carecíamos del lenguaje para explicar que no éramos mujeres que simplemente hubieran "adquirido" unos hijos: nos habíamos metamorfoseado (cuerpos nuevos y pesados, leche en los pechos, programadas hormonalmente para salir corriendo hacia nuestros bebés cuando rompieran a llorar) en alguien que no terminábamos de entender.
"El embarazo y la fertilidad femeninos no solo continuan fascinando a nuestra imaginación colectiva, sino que también sirven de santuario a lo sagrado. [...] Hoy en día la maternidad está imbuida de lo que ha sobrevivido del sentimiento religioso."
JULIA KRISTEVA
Motherhood Today (2005)
» (págs. 26-27)

lunes, 26 de octubre de 2020

Blanco, de Bret Easton Ellis


Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964)
BLANCO
[White, 2019]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2020 - 272 págs. - inicio

- La gran desesperanza blanca, Pablo X. de Sandoval
- El lamento de la Generación X, Bari Weiss
- Candoroso autorretrato reaccionario, Sergi Sánchez
- Impresión de apática ecuanimidad, JManuel Ruiz
- Morir y matar en América, Rodrigo Fresán
- El Senyor Dolent s'ha quedat amb ganes de llegir American Psycho i de rellegir Menys que zero
[interesante pero repetitivo (aka pesadico)]

«American Psycho trataba de lo que significa ser una persona en una sociedad con la que no estabas de acuerdo y lo que ocurría cuando intentabas aceptarla y vivir conforme a sus valores, a pesar de que supieras que estaban equivocados. Ponía el foco en el engaño y la ansiedad. La locura iba avanzando, incontenible. Era la consecuencia de perseguir el sueño americano: aislamiento, alienación, corrupción, el vacío consumista esclavo de la tecnología y de la cultura corporativa. Todos los temas de la novela siguen vigentes tres décadas después, cuando de pronto resulta que el 1 por ciento de la población es más rico de lo que jamás ha sido otro ser humano, una época en que un jet es algo tan corriente como un coche nuevo y se pagan alquileres de un millón de dólares. Nueva York a partir de 2016 es American Psycho con esteroides. Y pese a la conexión que ofrecen internet y las redes sociales, muchos se siente aún más aislados y más conscientes de que la idea de la interconexión es una ilusión. Algo particularmente doloroso cuando estás sentado a solas en una habitación mirando a una pantalla reluciente que te promete acceso a la intimidad de un número infinito de vidas ajenas, una situación que refleja la soledad y la alienación de Bateman: lo tiene todo a su alcance y, no obstante, el insaciable vacío persiste. Es lo mismo que sentía yo en los años que pasé en el piso de la calle Trece Este cuando la década de 1980 tocaba a su fin.» (págs. 219-220)

martes, 24 de marzo de 2020

Todo lo que no puedo decir, de Emilie Pine


Emilie Pine (Dublín, 1977)
TODO LO QUE NO PUEDO DECIR
[Notes to Self, 2018]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2020 - págs. - inicio

— Emilie habla con Begoña en Vogue
— Para cambiar algo, el feminismo debe ser ‘mainstream'
[poderoso (e imprescindible)]

«Cuando miro a mujeres -ya sea bailando desnudas en escena o en bikini en una revista-, en el fondo me da igual si son peludas o se depilan. Me dan igual sus cuerpos y lo que hagan con ellos. Me da igual si piensan que el vello es antiestético o nada sexy. Porque en el fondo no las juzgo a ellas, me juzgo a mí. Me juzgo por no acicalarme adecuadamente el vello público. Me juzgo por no afeitarme las piernas con la frecuencia que debiera. Me juzgo por no afeitarme nunca los sobacos. Me juzgo todo el tiempo. Y este juicio constante es la cosa más inútil que he hecho jamás.
    A veces, cuando estoy en compañía de mujeres más sofisticadas, me pregunto si yo -una occidental blanca de clase media, heterosexual, cisgénero- soy una chica como es debido. Así, sin más: ¿Soy una chica como es debido? Me comparo con las mujeres que me rodean y siento que no doy la talla. Y ahí es cuando sé que soy una chica, una chica como es debido. Emilie Pine Porque, por supuesto, está paranoia de que no soy lo bastante femenina, lo bastante deseable, lo bastante buena, es la representación máxima de la feminidad. Esta paranoia es un elemento crucial del control de las mujeres. Y de cómo nos controlamos nosotras mismas.» (págs. 106-107)

domingo, 6 de enero de 2019

Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner


Ben Lerner (Kansas, 1979)
SALIENDO DE LA ESTACION DE ATOCHA
[Leaving the Atocha Station, 2011]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2013 - 198 págs. -
inicio - Bibl. Lesseps - Nadal opina
[y yo no he entendido nada]

«Mi plan consistía en aprender español leyendo las obras maestras de la literatura española y había fantaseado acerca de la naturaleza y el efecto del español aprendido así, sobre cómo su deje arcaico y su retórica formalmente acentuada chocarían con las trivialidades de la vida cotidiana y yo daría la impresión no tanto de venir de un país extranjero como de proceder de otra época; me imaginaba empleando un bello y raro giro junto a la hoguera después de que Jorge sacara la hierba y viendo las caras de los otros cuando comprendieran que no me entendían no por mi ignorancia o por mi acento, sino por el propio distanciamiento del cenit de su idioma [...] Leer poesía, si es que "leer" es la palabra, era otra cosa completamente distinta. La poesía repelía mi atención, era opaca y material y se negaba a absorberme; sus artículos y preposiciones y conjunciones no conseguían disolverse en un sentimiento y una velocidad; podías caerte en los huecos entre las palabras mientras intentabas unirlas; y, no obstante, al negarse a absorberme, el poema ofrecía la posibilidad de una forma más elevada de absorción de la que yo no era digno, una experiencia profunda inalcanzable desde la vida dañada, y así el poema devenía una figura por su exterior.» (págs. 20-22)

sábado, 24 de agosto de 2019

El coste de vivir, de Deborah Levy (2/3)


Deborah Levy (Johannesburgo, 1962)
EL COSTE DE VIVIR
AUTOBIOGRAFÍA EN CONSTRUCCIÓN
[The Cost of Living (Living Autobiography), 2018]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2019 - 160 págs. - inicio

— Deborah habla con Inés (ABC Cultural)
[también]

«Vivir sin amor era una pérdida de tiempo. Estaba viviendo en la República de la Escritura y los Hijos. Al fin y al cabo, no era Simone de Beauvoir. No, yo me había bajado del tren en otra parada (el matrimonio) y me había subido a otro andén (los hijos). Ella era mi musa, pero está claro que yo no era la suya.
    De todos modos las dos habíamos comprado un billete (pagado de nuestro bolsillo) para el mismo tren. El destino consistía en dirigirse a una vida más libre. Es un destino vago, nadie sabe cómo será cuando lleguemos allí. Es un viaje sin final, pero yo entonces no lo sabía. Simplemente viajaba. ¿Adónde si no podía dirigirme? Era joven y encantadora, me subí al tren, abrí mi diario y empecé a escribir en primera persona y en tercera.
    Simone de Beauvoir sabía que una vida sin amor era una pérdida de tiempo. Su duradero amor por Sartre parece haber estado supeditado a vivir en hoteles y no fundar un hogar con él, lo que en la década de 1950 era más radical de lo que creo que ella pensaba. Mantuvo el compromiso de que Sartre fuera el amor esencial de su vida durante cincuenta y un años, pese a otros apegos. Sabía que no quería tener hijos ni servirle el desayuno ni hacerle los recados ni fingir que no participaba intelectualmente del mundo para que él la quisiera más. La horrorizaba la mediana edad, hasta extremos que no termino de comprender. De todos modos, tal como le escribió al escritor Nelson Algren, arrebatada por su nuevo amor: "Lo quiero todo de la vida, quiero ser una mujer y quiero ser un hombre, tener muchos amigos y tener soledad, trabajar mucho y escribir buenos libros y viajar y disfrutar".
    Cuando estuve de gira promocional por Estados Unidos y aterricé en Chicago, mi editor me puso chófer. Se llamaba Bill y lo sabía todo de Chicago. Lo primero que hizo fue llevarme a ver el lugar donde había vivido Nelson Algren cuando Simone de Beauvoir emprendió el largo viaje desde Francia para estar entre sus brazos. Era una calle frondosa, bordeaba por casas espaciosas construidas con ladrillo rojo, con galerías y jardines. Bill me contó que en los tiempos de Algren era una barriada dura y lúgubre y que Algren Deborah Levy se codeaba con putas, boxeadores y yonquis. Pensé en Simone, una de las intelectuales destacadas de su época, llegando a Chicago, que no podía ser más distinto de París, y en cómo encontró el amor en la tercera planta de una vieja casa de ladrillo rojo. Durante un tiempo, Algren la había liberado sexual y emocionalmente de Sartre.» (págs. 83-85)

domingo, 3 de mayo de 2009

Mi semana Coetzee

«¿Esta indiferencia hacia el mundo es consecuencia de un exceso de trato con máquinas que parecen pensar? ¿Cómo le iría a él si un día dejara la industria informática y regresara a la sociedad civilizada? Después de invertir sus mejores energías durante tanto tiempo en jugar con máquinas, ¿sería capaz de mantener una conversación? ¿Habría ganado algo en todos los años pasados entre ordenadores? ¿No habría aprendido al menos a pensar de forma lógica? Para entonces, ¿no se habría convertido la lógica en su segunda naturaleza?
    Le gustaría creer que sí, pero no puede. En el fondo no siente el menor respeto por ninguna versión de pensamiento que pueda materializarse en el sistema de circuitos de un ordenador. Cuanto más se mete en la informática, más le recuerda al ajedrez: un mundo pequeño y cerrado definido por reglas inventadas que atrae a chicos con cierto temperamento susceptible y los vuelve medio locos, igual que él está medio loco, para que en todo momento piensen, engañados, que están jugando cuando en realidad el juego está jugando con ellos.»
Coetzee, Juventud





Juventud
J.M. Coetzee
Traducción de Cruz R. Juiz
DeBols!llo, 2006




«Ante tanta ignorancia, me alegro de haberme llevado a casa, como pesca única del día, Mecanismos internos, los ensayos literarios de J.M. Coetzee. El autor de Desgracia y de Diario de un mal año es un escritor completo. Gran narrador y gran intelectual al mismo tiempo. Es un contador de historias duras, narradas con una prosa que ha bebido directamente de Beckett y es de una belleza sobria, acerada, implacable con la verdad de la ficción. Coetzee demuestra en todos sus libros que no están en absoluto reñidas las actividades de narrador e intelectual. Desgracia, sin ir más lejos, es una de las obras maestras de la narrativa del siglo pasado. Pero como ensayista, intelectual, teórico, no anda a la zaga y está a la misma altura del narrador. De hecho, en Coetzee ambas actividades, narrador e intelectual, están perfectamente imbricadas -creo que es lo idóneo en un narrador, independientemente de los resultados-, hasta el punto de que ha logrado lo que, por estas latitudes puede parecer hasta imposible: en su novela Elizabeth Costello sobrepasa los límites de la ficción pura. Es un escritor tan completo que Mario Vargas Llosa ha llegado a decir de él que es uno de los mejores novelistas vivos "y no digo el mejor porque, para hacer una afirmación semejante, habría que haberlos leído a todos".»
Coetzee, Mecanismos Internos






Fragmento de El narrador idóneo
(El País, 26/4/2009)
Dietario voluble de Enrique Vila-Matas
sobre Mecanismos internos de Coetzee
(Traducción de Eduardo Hojman,
Mondadori, 2009)

sábado, 10 de diciembre de 2022

El hombre que lo vio todo, de Deborah Levy


Deborah Levy (Johannesburgo, 1962)
EL HOMBRE QUE LO VIO TODO
[The Man Who Saw Everything, 2019]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2019 - 224 págs. - inicio

— Deborah habla con Susana Santaolalla
— Sin traductor no sería nada, Víctor Fndez.
— Cuanto menos binario sea el mundo, mucho mejor, Elena Hevia
[no]

«En 1988, en Londres, el joven Saul Adler es atropellado por un Jaguar al cruzar el famoso paso de peatones de Abbey Road. Sin ninguna lesión aparente, al día siguiente parte hacia Berlín Este con una beca como historiador. Pero las lesiones provocadas por el accidente parecen más graves de lo que creía, y durante su estancia en Alemania empieza a tener visiones del futuro, como la caída del muro de Berlín. En 2016, años después de haber regresado a Londres y en pleno Brexit, Saul es atropellado de nuevo en Abbey Road por el mismo coche. A partir de ese momento dependerá del relato ajeno para dar sentido a sus recuerdos, condensados en un complejo mosaico de personas a las que ha hecho daño y detalles obsesivos en los que el pasado y el presente se entretejen en un círculo sin salida. El hombre que lo vio todo es una profunda reflexión sobre la forma en que la historia se repite cuando no reparamos nuestros errores. Deborah Levy traza un inquietante viaje por la Europa de las últimas décadas, demostrándonos que la memoria puede moldearse del mismo modo que las fronteras.» (CONTRAPORTADA)


portadas similares

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Yo te quise más, de Tom Spanbauer


Tom Spanbauer (Pocatello, Idaho, 1946)
YO TE QUISE MÁS
[I loved You More, 2013]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2015 - 448 págs. - inicio - Bibl. Gracia

— Esta novela es peligrosa, peligrosísima, jenesaispop
— Existencialmente trágico, José Antonio Gurpegui
— Salvaje triángulo amoroso, Benito Garrido
— Tom habla con Antonio Fontana
[no era para mí]

«Ben fue un iluso al creer que podría amar a un hombre y luego a una mujer, «dos personas extraordinarias, dos formas únicas de amar, de décadas diferentes, en extremos opuestos del continente», y salir indemne. Hank y Ben establecieron una profunda amistad en el Nueva York de los años ochenta, mientras aprendían a convertirse en escritores. Hank era heterosexual, y Ben, a pesar de haber estado con mujeres, un homosexual en toda regla. En los años noventa, Ben, ya sin Hank y enfermo de sida, se enamoró de Ruth, una de sus estudiantes de escritura creativa en Portland. El día que Hank apareció de nuevo en escena, nada pudo evitar que se cumpliera aquella famosa regla del tres, según la cual a un trío siempre se le acaba sumando un cuarto o restándosele uno. Y en este caso fue Ben quien quedó fuera. Siete años después de la publicación de su última novela, Tom Spanbauer vuelve al panorama literario con otro protagonista inolvidable. A través de una narrativa palpitante que transita entre el tono incisivo y la más absoluta ternura, Yo te quise más reafirma a Spanbauer como uno de los autores emblemáticos de las letras norteamericanas.» (CONTRAPORTADA)

viernes, 27 de enero de 2017

[farragosa] Ciudad en llamas, de Garth Risk Hallberg


Garth Risk Hallberg
CIUDAD EN LLAMAS
[City on Fire, 2016]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2016 - 1.040 páginas - extenso inicio del libro y bonito booktrailer
[Portentoso retrato de Nueva York, para E.Lago, pero "¿habría ganado si un severo trabajo de edición hubiera eliminado un buen número de páginas?". I think yes: no he podido con él (lo siento, Eduardo).]

«A decir verdad, William se había olvidado de los Rothko. E incluso aunque no los hubiera olvidado, habría imaginado (¿deseado?) que las dolorosas asociaciones que entrañaban hubieran empujado a su padre a venderlos o enterrarlos bajo una tela en las entrañas del edificio Hamilton-Sweeny. En cambio, el azul fue el primero que vio al salir del ascensor. El cuadro por sí solo habría bastado para mandarlo corriendo de vuelta al centro de no ser porque se había olvidado de otra cosa: que plantarse ante aquella obra era como aprender a ver por primera vez. Campos azules descomponiéndose en cuadrados superpuestos, de peso idéntico, de tonos distintos. Estancamiento y movimiento, la pureza de la cosa vista: exactamente lo que él había perseguido al aplicar el pincel mojado contra el lienzo, hacía mucho tiempo. Todavía podía retroceder hasta allí. O aún más, hasta el día antes de la boda de papá, cuando el campo del tiempo se extendía ante él.» (p. 757)»

algunos azules de Mark Rothko

miércoles, 22 de enero de 2014

Edward St. Aubyn y su repajolero padre

 «—Ven aquí —dijo su padre.
Patrick se acercó.
  —¿Te cojo de las orejas?
  —¡No! —gritó Patrick.
Era una especie de juego. Su padre alargaba las manos y le cogía las orejas entre el pulgar y el índice. Patrick se agarraba de las muñecas de su padre y este fingía levantarlo por las orejas, pero en realidad Patrick se aguantaba con los brazos. Su padre se ponía de pie y lo levantaba hasta que sus ojos quedaban a la misma altura.
  —Suelta las manos.
  —¡No! —gritó Patrick.
  —Tú suelta y yo te soltaré al mismo tiempo —dijo su padre en tono persuasivo.
Patrick soltó las muñecas de su padre, pero su padre continuó agarrándole de las orejas. Por un momento todo el peso de su cuerpo colgó de las orejas. Rápidamente volvió a cogerse de las muñecas de su padre.
  —Ay —se quejó—. Has dicho que me soltarías. Suéltame las orejas, por favor.
Su padre continuó sosteniéndolo en alto.
  —Hoy has aprendido algo muy útil. Debes pensar siempre por ti mismo. No dejes que los demás tomen decisiones importantes por ti.
  —Suelta, por favor. Por favor.
Patrick estaba a punto de llorar, pero reprimió la sensación de desesperación. Notaba los brazos agotados, pero si los relajaba parecía que fueran a arrancarle las orejas, como la película dorada de un bote de crema, de los laterales de la cabeza.
  —Me lo has dicho —bramó—. Me lo has dicho.
Su padre le soltó.
  —No lloriquees —le dijo su padre en tono aburrido—, resulta muy poco atractivo.
Se sentó al piano y empezó otra vez la marcha, pero Patrick no bailó.» (pp. 28-29)

REPAJOLERO, RA:
1. adj. coloq. pajolero.
 
El padre
(Las novelas de Patrick Melrose)
EDWARD ST. AUBYN
(Nevermind, Bad News,
Some Hope, 1992 y 1994)
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Mondadori, 2013

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Kent Haruf: Nosotros en la noche


KENT HARUF (1943 – 2014)
NOSOTROS EN LA NOCHE
[Our souls at night, 2015]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2016, 144 p.
[otra delicia]

«Y entonces llegó el día en que Addie Moore pasó a visitar a Louis Waters. Fue un atardecer de mayo justo antes de que oscureciera.
    Vivían a una manzana de distancia en la calle Cedar, en la parte más antigua de la ciudad, con olmos y almezos y un arce que crecían a lo largo del bordillo y jardines verdes que se extendían desde la acera hasta las casas de dos plantas. Durante el día había hecho calor, pero al anochecer había refrescado. Addie recorrió la acera bajo los árboles y giró ante la casa de Louis.
    Cuando él salió a la puerta, Addie le preguntó: ¿Puedo entrar a hablar de una cosa contigo?
    Se sentaron en el salón. ¿Te traigo algo de beber? ¿Un té?
    No, gracias. Puede que no me quede el tiempo suficiente para beberlo. Addie miró a su alrededor. Bonita casa. [...] Louis la observaba. Era una mujer atractiva, a él siempre se lo había parecido. De joven había tenido el pelo moreno, pero ahora era blanco y corto. Todavía conservaba la figura, aunque algo rellenita en la cintura y las caderas.
    Te preguntarás qué hago aquí, dijo ella.
    Bueno, no creo que hayas venido a decirme lo bonita que está la casa.
    No. Quiero proponerte algo.
    ¿Sí?
    Sí. Tengo una propuesta.
    Vale.
    No es de matrimonio, dijo ella.
    Tampoco se me había ocurrido.
    Pero es un tema casi matrimonial. Aunque ahora no sé si podré. Estoy echándome atrás. Se rió un poco. Muy del matrimonio, ¿verdad?
    ¿El qué?
    Lo de echarse atrás.
    Puede.
    Sí. Bueno, lo digo y punto.
    Te escucho, dijo Louis.
    Me preguntaba si querrías venir alguna vez a casa a dormir conmigo.
    ¿Cómo? ¿A qué te refieres?
    Me refiero a que los dos estamos solos. Llevamos solos demasiado tiempo. Años. Me siento sola. Creo que quizá tú también. Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar.» (inicio | original)

[estupenda recomendación de la CASA USHER]