viernes, 31 de agosto de 2007
Agosto se cierra
miércoles, 29 de agosto de 2007
Si esto es un libro
Dos casualidades han hecho que yo dedicara casi todas mis lecturas de agosto a este tema: primero fue la impactante visita (ciclista) al campo de concentración austriaco de Mauthausen, y después la lectura del horrendo y blandengue libro “El niño del pijama a rayas” de un tal John Boyne. A partir de ahí, Estephanus puso a mi disposición su extensa bibliografía sobre la política de exterminio nazi, de la cual he alcanzado a leer:
- Días sin retorno. Kressmann Taylor
- El comprador de aniversarios. Adolfo García Ortega
- Mis memorias. Violeta Friedman
- Si esto es un hombre. Primo Levi
- La tregua. Primo Levi
- Los hundidos y los salvados. Primo Levi
Tan impactada me ha dejado la lectura de la trilogía de Primo Levi, que creo que estos libros (o al menos Si esto es un hombre) deberían ser de lectura obligada. Levi narra la terrible experiencia de Auswitch buscando la forma más objetiva posible, sin rencor ni espíritu de venganza, consiguiendo una crónica del abismo de una fuerza especial. Además, cuanto más fría es la descripción del terror vivido, más próximo y emocionante resulta el relato. Pero no es por sus características literarias, precisamente, por lo que sugiero su lectura; supongo que es necesario conocer las atrocidades que somos capaces de cometer, para no repetirlas.jueves, 23 de agosto de 2007
Mejorando lo presente
viernes, 3 de agosto de 2007
Palpita, vibra, gime
jueves, 2 de agosto de 2007
El territorio de los Nibelungos

sábado, 21 de julio de 2007
What do you want to hear?
Johnny: How many men have you forgotten?Vienna: As many women as you've remembered.
Johnny: Don't go away.
Vienna: I haven't moved.
Johnny: Tell me something nice.
Vienna: Sure. What do you want to hear?
Johnny: Lie to me. Tell me all these years you've waited...
Vienna: All these years I've waited.
Johnny: Tell me you'd have died if I hadn't come back.
Vienna: I would have died if you hadn't come back.
Johnny: Tell me you still love me like I love you.
Vienna: I still love you like you love me.
Johnny: Thanks. Thanks a lot.
miércoles, 18 de julio de 2007
Territorio
Manuel Vicent - El País - 11/9/2005
lunes, 16 de julio de 2007
Los lectores que fuimos
Y ahora también sé que Cortázar no era bibliólatra, pero amaba los libros que había leído con placer. Pensaba que los libros eran objetos para comunicarse, más que objetos en sí. Según su viuda, Aurora Bernárdez, “para él, leer era como mantener un diálogo privilegiado con el autor.” Él hablaba con los autores de los libros que leía con un lápiz siempre en la mano.
Esta deliciosa exposición finaliza con la historia que dice que durante un viaje en tren de Cortázar y su mujer por Italia, Julio arrancaba las páginas del libro que iba leyendo para pasárselas a su mujer, y que ella, una vez leídas, las lanzaba por la ventanilla para aligerar peso.
sábado, 14 de julio de 2007
miércoles, 11 de julio de 2007
El inconcebible universo
domingo, 8 de julio de 2007
Necrófila/Infófoba
| - Él - | - Ella - |
| Se declara infómano. | Tiene infofobia: ¡estamos infoxicados! |
| Es necrófobo, pero simpático. | Es necrófila: es el futuro, señores. |
| Está viviendo su sueño americano. | Está viviendo un sueño. |
| Le encanta caminar por Nueva York. | No dejaría de hacerlo. |
| Tiene una maravillosa máquina. | Se conforma con esto. |
| Su blog es muy interesante. | Hace lo que puede. |
| Le apasionan las palabras. | Sobre todo leídas. |
| Es encantador. | Está encantada. |
| Es tauro joven. | Es tauro viejo. |
| Es de Murcia. | She too. |
jueves, 5 de julio de 2007
I'm in a New York state of mind
Take a holiday from the neighborhood
Hop a flight to Miami Beach
Or to Hollywood
But I'm taking a Greyhound
On the Hudson River Line
I'm in a New York state of mind.
I've seen all the movie stars
In their fancy cars and their limousines
Been high in the Rockies under the evergreens
But I know what I'm needing
And I don't want to waste more time
I'm in a New York state of mind.
It was so easy living day by day
Out of touch with the rhythm and blues
But now I need a little give and take
The New York Times, The Daily News.
It comes down to reality
And it's fine with me 'cause I've let it slide
Don't care if it's Chinatown or on Riverside
I don't have any reasons
I've left them all behind
I'm in a New York state of mind.
It was so easy living day by day
Out of touch with the rhythm and blues
But now I need a little give and take
The New York Times, The Daily News.
It comes down to reality
And it's fine with me 'cause I've let it slide
Don't care if it's Chinatown or on Riverside
I don't have any reasons
I've left them all behind
I'm in a New York state of mind.
I'm just taking a Greyhound on the Hudson River Line
'Cause I'm in a New York state of mind.
New York state of mind, Billy Joel
[He vuelto, pero sigo colgada de estas nubes de Nueva York]
viernes, 29 de junio de 2007
¿Cuándo empieza un viaje?
¿Cuándo sientes que te apetece ir a algún sitio o cuándo por fin te decides? O quizás cuando empiezas los preparativos y, además, vas buscando toda clase de información que ayude a hacer el viaje más interesante. Otro momento importante es cuando comienzas a darle vueltas a los libros que te llevarás. Éste es un aspecto vital pues siempre hay largas esperas en aeropuertos, aviones y hoteles para los cuáles una buena lectura es el antídoto perfecto. Y mejor aun si esos libros, además, hablan de los lugares que vas a visitar. Hacer el equipaje, en cambio, es algo siempre desagradable pues ahí te juegas muchas cosas. El dilema entre no llevar nada que sobre, pero sí todo lo necesario incluyendo posibles eventualidades, es a veces insoportable.
Quizás todas estas cosas forman parte del previaje, o de lo que también podríamos llamar viaje virtual. El viaje real empieza a materializarse en el taxi que te lleva al aeropuerto: ahora ya has salido de casa y en adelante las cosas no dependerán de ti. [Por cierto, otra genialidad del Roto: “Cuando ya había vencido el miedo a los aviones, me entró pánico a los aeropuertos”.] Bueno, todo esto sólo era para decir que, aunque este viaje empezó hace bastantes días, si todo va bien mañana llegaremos a Nueva York.
martes, 26 de junio de 2007
lunes, 25 de junio de 2007
De lo contrario, Auster sería él
De lo contrario, Auster sería yo - Enrique Vila-Matas
"Si me encuentro con una entrevista con Paul Auster, la leo inmediatamente. Es un autor que siempre me aporta ideas. Pero eso sí, nunca puedo terminar esas entrevistas que le hacen, porque me entran tales ganas de ponerme a escribir que debo dejar la lectura. En la que acabo de dejar de leer para ponerme a escribir estas líneas, le preguntan por los muchos autores que han influido en su trabajo y le citan a Cervantes, Dickens, Kafka, Beckett y Montaigne. Son precisamente los autores que forman el eje central de la novela que ando yo en estos días terminando. "Los llevo a todos conmigo", dice Auster, "llevo a docenas de escritores conmigo, pero no creo que mi trabajo se parezca a ninguna de sus obras. No estoy escribiendo sus libros, sino los míos".
Yo estoy seguro de que podría decir exactamente lo mismo. "Los llevo a todos conmigo" es una frase que viene a corroborar esa sensación que tiene Auster —que tengo yo también, con perdón— de que cuanta más experiencia de la soledad tiene uno, más paradójicamente vive la sensación de que esa experiencia no es precisamente de ostracismo o de aislamiento, sino de apertura hacia los demás. "Es sorprendente que no podamos comenzar a comprender nuestra relación con los demás hasta que estamos solos. Y cuanto más solo está uno, cuanto más se hunde en la soledad, más profundamente siente esa relación", dice Auster.
Los otros (incluidos los otros escritores, y de entre éstos sólo los que nos gustan, los que llevamos con nosotros) actúan de un modo extraño que hace que nos resulte imposible aislarnos de ellos. Por lejos que uno se encuentre en un sentido físico (aunque esté en una isla desierta o encerrado en una celda solitaria), descubre que está habitado por otros. Qué lejos esta sensación o esta idea de aquello que le sucedía al siniestro Unamuno, pensador de primer orden pero egotista ridículo, que llegó a sospechar que los otros no existían, que eran sólo una invención suya para evitar la angustia que le provocaría descubrir que estaba solo en el mundo. A veces, estoy hablando con los amigos y me acuerdo de la idea siniestra de Unamuno y juego a verlos como una invención mía. No logro nunca que digan lo que yo quisiera que dijeran, pero sí es cierto que a veces, vistos desde esta forma unamuniana, me parecen formar parte de algún extraño juego teatral y conspirativo, como de trama de película de Mamet.
No hay mayor sentido del desprecio hacia el otro que pensar que lo hemos imaginado. Unamuno miraba hacia lo más profundo de su ser y se encontraba sólo a sí mismo y solo, además, en el mundo. Auster, por lo contrario, hace lo mismo, mira hacia lo más profundo de su ser, y lo que ahí encuentra es algo más que a sí mismo, encuentra el mundo. ¿Leer a Auster es encontrar mi mundo? Todo lo contrario, es encontrar al otro. Y aprender a llevarlo conmigo cuando me encuentro sentado ante mi ordenador, como ahora mismo en esta mañana invernal.
Pero en el fondo es todo un gesto de disidencia hacia Auster el que me haya sentado ante el ordenador y no ante la máquina de escribir. Porque lo que realmente esta mañana me ha empujado a hablar de Auster han sido unas palabras suyas acerca de su necesidad de no abandonar su máquina de escribir: "La tengo desde 1974, ahora ya más de la mitad de mi vida. Nunca se ha estropeado. Todo lo que tengo que hacer es cambiar las cintas de vez en cuando, pero vivo con el temor de que llegue un día en el que no haya más cintas a la venta, y entonces tendré que usar el ordenador y entrar en el siglo xxi."
Esta confesión de amor hacia su máquina me ha llenado de vergüenza, porque me ha recordado la frivolidad (no tuve paciencia para buscar más) con la que me pasé al ordenador hace tres años, cuando di dos vueltas enteras a Barcelona en busca de cintas para mi máquina de escribir y, al no encontrarlas, me di por rendido. No hallé las cintas ni siquiera en una pequeña tienda cercana a la plaza de Urquinaona que resistía al empuje de los avances técnicos de nuestra época y seguía vendiendo cintas y máquinas de escribir: una tienda que yo visitaba con la impresión de que todo aquello era un milagro y sus dueños (lo había deducido por su manera fanática de hablarme de las máquinas Olympia) unos fervorosos defensores del antiguo tecleo eléctrico.
Ignacio Martínez de Pisón, a quien le conté la historia de los dueños de ese comercio (un extraño matrimonio que luchaba contra la modernidad), llegó a escribir un cuento en el que se inventaba que, delante de los vendedores fanáticos de las máquinas Olympia, alguien montaba una tienda de ordenadores, que constituía la ruina de la pequeña tienda resistente. Parecía que iba a ser un cuento profético, pero el matrimonio fanático, temeroso de que ocurriera realmente lo que relataba Martínez de Pisón (debieron leer su cuento), se pasó de la noche a la mañana a los ordenadores y me obligó a hacerlo a mí también, pues nunca he dudado de que esa tienda de máquinas de escribir fue la última de la ciudad.
Más suerte tuvo Paul Auster, que puede seguir fiel a su Olympia, pero eso se debe seguramente a que vive en Nueva York. Que seamos él y yo distintos en esto (y en tantas otras cosas que ahora se me ocurren) me produce un gran alivio, porque me permite seguir estando solo, aunque llevando a todos mis escritores preferidos conmigo y escribiendo no sus libros, sino los míos. De lo contrario, Auster sería yo. Y eso yo no lo podría permitir. Y menos aún los otros."


