viernes, 12 de julio de 2019

Mi marido es de otra especie, de Yukiko Motoya

Yukiko Motoya (Japón, 1979)
MI MARIDO ES DE OTRA ESPECIE
[Irui kon'in tan, 2016]
Trad. Keiko Takahashi y Jordi Fibla
Alianza, 2019 - 152 págs. - inicio
¿Kafka viaja a Japón? ¿Una genialidad kafkiana?
[no y no]
«Al despedirme de la señora Kitae, salí del edificio a fin de hacer la compra para la cena. Después de que ella me lo hubiera recomendado, yo me había convertido asimismo en una asidua del comercio de proximidad. Las tiendas son más caras que el supermercado y es más pesado pagar en cada una de ellas, pero, de todos modos, creo que esa sensación de emplear más tiempo y esfuerzo dota de profundidad a la vida monótona que llevo. Tener un sentido firme de la realidad es bastante difícil para un ama de casa como yo, sin hijos ni una ocupación fuera del hogar, y sin unos objetivos concretos. Mi vida no se diferencia de estar exiliada en una isla. En esta existencia sin fisuras dispongo de mucho tiempo para pensar en trivialidades, hay árboles que dan fruta y puedo jugar con los animales todo cuanto quiera, es decir, se trata de una isla de la clase paradisíaca. Sin embargo, a veces experimento una profunda nostalgia del lugar donde estuve. Al comienzo de mi matrimonio, creía que, si las cosas seguían como estaban, acabaría por no servir para nada y, a menudo, me planteaba en serio huir de la isla. Pero de inmediato me recordaba [sic] las rebatiñas por los frutos y las desavenencias con otras personas. Al final, no pude encontrar motivos suficientes para abandonar este paraíso y he aceptado seguir habitando frívolament en él, separada de los demás.» (págs. 64-65)

lunes, 8 de julio de 2019

El frío, de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard (1931-1989)
EL FRÍO
[Dic Kälte, 1981]
Trad. Miguel Sáenz
Anagrama, 1987 - 144 págs.
[and ever]
«Me sumí en Verlaine y Trakl, y leí Los Demonios de Dostoievsky, no había leído antes en mi vida un libro de aquella insaciabilidad y radicalismo ni, en general, un libro tan grueso, y me aturdí, durante algún tiempo me disolví en aquellos demonios. Cuando volví otra vez, no quise leer otra cosa en algún tiempo, porque estaba seguro de caer en una inmensa decepción, en un espantoso abismo. Rehusé durante semanas toda lectura. La monstruosidad de los Demonios me había dado fuerzas, mostrado un camino, dicho que estaba en el verdadero camino, hacia afuera. Había sido afectado por una obra literaria salvaje y grande, para salir de ella yo mismo como héroe. No ha sido frecuente en mi vida ulterior que la literatura tuviera un efecto tan monstruoso. Intenté, en hojitas que me había comprado en el pueblo, conservar por escrito determinadas fechas que me parecían importantes, puntos decisivos de mi existencia, temía que lo que ahora era tan preciso pudiera hacerse borroso y perderse de pronto, que de pronto no estuviera ya allí, no tener ya fuerzas para salvar los acontecimientos, monstruosidades, ridiculeces, etcétera, decisivos de las tinieblas del olvido, intenté salvar en aquellas hojas lo que había que salvar, sin excepción todo lo que me parecía digno de ser salvado, aquí tenía mi forma de actuar, mi propia infamia, mi propia brutalidad, mi propio gusto, que no tenían nada en común con la forma de actuar y con la infamia y brutalidad y con el gusto de los otros. ¿Qué es importante? ¿Qué es significativo? Creía que tenía que salvarlo todo del olvido, sacándolo de mi cerebro y llevándolo a las hojas, que en definitiva fueron cientos de hojas, porque no tenía confianza en mi cerebro, había perdido la confianza en mi cerebro, había perdido la confianza en todo, y por consiguiente también la confianza en mi cerebro. Mi pudor para escribir poemas era mayor de lo que había pensado, de forma que prescindí de escribir un solo poema. Intenté leer los libros de mi abuelo, pero fracasé, entretanto había vivido demasiado, había visto demasiado, y los aparté. Tenía en los Demonios lo que me correspondía. Busqué en la biblioteca del establecimiento otros monstruos, pero no había otros. Resulta superfluo enumerar los nombres de aquellos cuyos libros abrí y volví a cerrar en seguida, porque tenían que repelerme con su mezquindad y su indignidad. La literatura, salvo los Demonios, no me decía nada, pero, pensé, seguro que hay otros Demonios. Esos, sin embargo, no debía buscarlos en la biblioteca del Establecimiento, que estaba repleta de mal gusto y estupidez, de catolicismo y nacionalsocialismo. Sin embargo, ¿cómo podía encontrar otros Demonios?» (págs. 132-133)

sábado, 6 de julio de 2019

El aliento, de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard (1931-1989)
EL ALIENTO
[Der Atem (Eine Entscheidung), 1978]
Trad. Miguel Sáenz
Anagrama, 1985 - 142 págs.
[Bernhard forever]
«Ahora, como yo había pasado lo peor, tenía también la posibilidad, me había dicho, de considerar mi estancia en el hospital como estancia en un círculo de pensamiento y de aprovechar en consecuencia esa estancia. Pero no tenia ninguna duda, me había dicho, de que yo mismo había tenido ese pensamiento hacía tiempo y había comenzado ya a aprovechar esa posibilidad. El enfermo es un clarividente, para nadie es más clara la imagen del mundo. Cuando él hubiera abandonado el infierno, así había calificado a partir de entonces al hospital, las dificultades que en los últimos tiempos le habían hecho imposible trabajar, me había dicho, quedarían eliminadas. El artista, especialmente el escritor, le había oído decir, tenía claramente obligación de ir de cuando en cuando a un hospital, igual daba que ese hospital fuera efectivamente un hospital o una cárcel o un monasterio. Era un requisito indispensable. El artista, especialmente el escritor, que no iba de cuando en cuando a un hospital, es decir, que no iba a uno de esos círculos decisivos para la vida y necesarios para la existencia, se perdía con el tiempo en la insignificancia, porque se extraviaba en la superficialidad. Aquel hospital, según mi abuelo, podía ser un hospital creado artificialmente, y la enfermedad o las enfermedades que permitían esa estancia en el hospital podían ser muy bien enfermedades artificiales, pero tenían que existir o tenían que ser provocadas y tenían que ser siempre provocadas, a todo trance, con ciertos intervalos. El artista o el escritor que esquivaba esa realidad, por la razón que fuera, estaba condenado de antemano a la insignificancia absoluta. Cuando nos ponemos enfermos de manera natural y tenemos que ir a uno de esos hospitales, podemos decir que hemos tenido suerte, según mi abuelo. Sin embargo, seguía, no sabemos si hemos entrado realmente en el hospital de una manera natural o no. Puede ser que sólo creamos haber entrado de manera natural, incluso de la más natural, cuando, sin embargo, sólo hemos entrado de manera artificial, posiblemente de la más artificial. Pero eso es indiferente. En cualquier caso tenemos entonces, así seguía mi abuelo, un título justificativo para el círculo de pensar. Y en ese círculo de pensar nos es posible cobrar la conciencia que fuera de ese círculo de pensar nos resulta imposible. En ese círculo de pensar alcanzamos lo que fuera jamás podríamos alcanzar: la conciencia de nosotros mismos y la conciencia de todo lo que existe. Podía ser, según mi abuelo, que él hubiera inventado su enfermedad para entrar en el círculo de pensar de la conciencia, según lo calificaba. Posiblemente yo había inventado también mi enfermedad con ese mismo fin. Sin embargo, carecía de importancia que se tratase de una enfermedad inventada o de una real, si producía el mismo efecto.» (págs. 56-57)

jueves, 4 de julio de 2019

Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides

Theodor Kallifatides (Grecia, 1938)
OTRA VIDA POR VIVIR
[Μια ζωή ακόμα, 2018]
Trad. del griego moderno: Selma Ancira
Galaxia Gutenberg, 2019 - 160 págs. - inicio
- Grecia rima con Suecia, Sergi Pàmies
[otra delicia]
«Por fortuna encontré cierto consuelo en la lectura de El mundo de ayer de Zweig. Fue su último libro. Después, se suicidó en Brasil junto con su esposa, muchos años menor que él, en 1942. Por la sencilla razón de que el mundo de ayer, el mundo que era suyo, había desaparecido y no volvería más. Hitler lo había destruido irremediablemente.
    El mundo de ayer es un libro excelso, escrito con un ritmo que recuerda las olas de un mar tranquilo. Zweig vivía aislado en Petrópolis, una ciudad relativamente pequeña de Brasil. No podía volver a la Europa que era suya. Y, sin embargo, cada mañana se sentaba al escritorio y escribía. ¿De dónde sacaba la fuerza?
    Mi situación no era tan dramática. Yo no era un desterrado, simplemente vivía en otro lugar. No me era imposible volver a mi patria. Además, tenía hijos y nietos. ¿Acaso puede uno suicidarse y dejar atrás un legado semejante?» (págs. 92-93)

sábado, 22 de junio de 2019

Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar

Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besòs, 1965)
PASEOS CON MI MADRE
Tusquets, 2011 - 184 págs.
- "Escrito con verdad y emoción", Revista de Letras
- "Todo lo que dice es verdad", J. Soto Ivars
[delicioso]
«Estaba yo más cerca de los pisos de la M30 de Madrid, o de los bloques checoslovacos de Pan Tau (una serie para niños que habían pasado en la tele) o de las canastas de baloncesto y de las vallas metálicas de Harlem que se veían en el cine, estaba más cerca de todo aquel callejeo tan distante que del paseo de Gràcia o de cualquier otra calle del centro de Barcelona. Sentía más en las yemas de mis dedos las piedras del desierto de Mojave, sin saber bien dónde ubicarlo, que los jardines de la Diagonal o los maniquíes de la calle Tuset, que aún sabía menos dónde estaban ni siquiera si existían. Barcelona se concretaba en las torres apartadas y borrosas de la Sagrada Familia vistas desde nuestro balcón, más allá del río como faros del fin del mundo. Porque nosotros teníamos nuestras propias torres al lado. Las tres chimeneas de la central eléctrica, con su voltaje, que escuchábamos callados los días de humedad, su zumbido atmosférico, su apariencia de central atómica. A pesar de los muchos apagones, creíamos antes en la luz eléctrica que en la luz divina. La luz de Fecsa se iba y luego volvía como se iban y venían los hombres un rato al bar. [...] La Sagrada Familia no formaba parte de nuestra familia. De la Sagrada Familia, pensábamos nosotros, lo único sagrado eran las horas de trabajo que el edificio llevaba a cuestas.
    No hay manera de estar cerca de Barcelona si antes no lo estuvieron tus antepasados. A Barcelona hay que acercársele en el tiempo. Aquí el espacio, los montes como Montjuïc, el Carmel, la Muntanya Pelada, el Turó de la Piera..., es para los que no tienen nada. En Barcelona el espacio es un eufemismo con que referirse a la especulación. [...] Nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido en la ciudad. En Barcelona se está en el cuarto de invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, por riguroso orden.» (págs. 19-21, La ciudad podrida)

miércoles, 19 de junio de 2019

Claus y Lucas, de Agota Kristof

Agota Kristof (Hungría, 1935 - Suiza, 2011)
CLAUS Y LUCAS
- Le grand cahier, 1986. Trad. Ana Herrera Ferrer.
- La preuve, 1988. Trad. Ana Herrera Ferrer.
- La troisième mensonge, 1991. Trad. Roser Berdagué Costa.
Libros del Asteroide, 2019 - 320 págs. - inicio
- "novelas que trituran al lector", hierba roja
- "obras imprescindibles de la literatura", portnoy
[soberbio]
«Algunos recibían cartas que les entregaban las enfermeras o que se las leían si ellos no sabían leer. Más adelante, yo leía las cartas a los que no sabían y me lo pedían. Por lo general, les leía exactamente lo contrario de lo que decían las cartas. El resultado era, por ejemplo: “Querido hijo, no te cures, por lo que más quieras. Estamos estupendamente sin ti. No te echamos de menos en absoluto. Ojalá sigas siempre aquí, porque no nos apetece lo más mínimo tener un inválido en casa. Pese a todo, te mandamos un abrazo y sé bueno, porque los que te cuidan tienen mucho mérito. Nosotros no lo haríamos. Tenemos mucha suerte de que haya alguien que haga contigo lo que en realidad tendríamos que hacer nosotros, porque en nuestra familia, dónde todos gozamos de buena salud, ya no hay sitio para ti. Tus padres, tus hermanas y tus hermanos”.
    El chico al que le leía la carta me decía:
    -La enfermera me ha leído la carta de otra manera.
    Yo decía:
    - Te la ha leído de otra manera porque no quería entristecerte. Yo te he leído lo que está Agota Kristof escrito. Creo que tienes derecho a saber la verdad.
    Él decía.
    - Tengo derecho pero la verdad no me gusta. La carta era mejor antes. La enfermera ha hecho bien leyéndomela de otra manera.
    Y se echaba a llorar.» (págs. 346-347)

sábado, 15 de junio de 2019

El poeta que rugió a la luna y se convirtió en tigre, de Atsushi Nakajima

Atsushi Nakajima (Japón, 1909-1942)
EL POETA QUE RUGIÓ A LA LUNA
Y SE CONVIRTIÓ EN TIGRE

[Sangetsuki, 1942]
Trad. Makiko Sese y Daniel Villa Gracia
Hermida Editores, 2017 - 130 págs. - epílogo
- El análisi de Jaime Fernández
[impresionante]
De La catástrofe de las letras:
«Nabu-aje-eriba recorría la ciudad de Nínive, inquiría a quienes habían aprendido a leer recientemente y les preguntaba a cada uno pacientemente si les había sucedido algo fuera de lo normal, algo de lo que se hubieran percatado antes de que supiesen leer esas letras. Por esa razón procuró aclarar el papel que desempeñaba el espíritu de las letras contra las personas. El resultado fue una extraña estadística. Había una abrumadora mayoría de personas que, desde que habían aprendido a leer, eran de repente incapaces de atrapar piojos. Se les metía más polvo que antes en los ojos. Apenas podían atisbar la figura de las águilas en el cielo, que hasta entonces podían ver sin dificultad. Percibían el color del cielo menos azul que antes. «El espíritu de las letras devora los ojos de las personas. Es como si se tratara de un gusano que horada la cáscara de la nuez y se come hábilmente todo el grano que está en su interior» [...] «Parece que tú, Ishdi-nabu, aún desconoces el terrible poder del espíritu de las letras que nos envía el dios de la sabiduría, Nabu de Borsippa. Una vez que el espíritu de las letras se apropia de cualquier acto y lo representa con su propia figura, ese acto obtiene la vida eterna. Y al contrario, aquellos que no han llegado a manos del poder del espíritu de las letras desaparecen para siempre. ¿Por qué no existen las estrellas que no están descritas en el documento de Anu Enril de la época antigua? Porque no las plasmaron en letras en el documento de Anu Enril [...] Como no existían las letras para la palabra "caballo", los sumerios no conocían los caballos. Nada podría ser más terrible que el poder del espíritu de las letras. Si crees que tú y yo somos los que escriben utilizando las letras estás profundamente equivocado. Nosotros somos humildes siervos a las órdenes del espíritu de las letras. Aun así sufrimos un daño terrible por parte del espíritu de las letras. Ahora mismo estoy estudiando diligentemente este tema. Ahora mismo dudas sobre las letras que se emplean para escribir la historia. Esto te está sucediendo porque has intimado demasiado con las letras y el veneno de ese espíritu te está afectando».» (págs. 51-56)

jueves, 13 de junio de 2019

Tokio, de Donald Richie

Donald Richie (EEUU 1924 - Japón 2013)
TOKIO
[Tokyo. A View of the City, 1999]
Trad. José Jesús Fornieles Alférez
Confluencias, 2017 - 214 págs. - inicio
[interesante autor y reflexiones]
«Desde hace un siglo, Tokio ha sido conocida como "la ciudad de los contrastes", o "la capital de lo viejo y lo nuevo". Desde su apertura al mundo exterior, a mediados del siglo XIX, Tokio ha ido combinando con creciente habilidad el Este y el Oeste, el pasado y el presente.
    El caso es complicado, sin embargo, porque Japón lleva mucho tiempo siendo "moderno", en el sentido de que es en gran parte responsable del estilo moderno internacional. El arquitecto Richard Rogers, responsable del Centro Pompidou de París, ha dicho que todo el movimiento moderno se expande directamente desde arquitectos que "miran cosas como el palacio de retiro imperial Katsura", un ejemplo de arquitectura japonesa geométrica en su máxima expresión. Y el poeta Henri Michaux, en Tokio en 1932, señaló que "los japoneses llevan siendo modernos diez siglos", que Tokio es "cien veces más moderno que París".
    Cuando el director de cine ruso Andréi Tarkovsky necesitó una ciudad del futuro para Solaris, se llevó sus cámaras a Tokio. Y el Los Ángeles del futuro de Ridley Scott para Blade Runner fue concebido después de que el director hubiera visto Shinjuku de noche.
    El aire de lo nuevo en Tokio es, además (al contrario que en la película de Scott), benigno. Gente contenta paseando con auriculares para su discman; utilizan tarjetas de crédito para todo; esperan su turno en los semáforos. Y todo funciona: los teléfonos públicos nunca están estropeados, las máquinas automáticas (de cerveza, sake, refrescos, periódicos, condones, sándwiches, comidas calientes) realmente dispensan sus productos [...] El consumismo enloquecido es el modo de vida de Tokio; ha llegado el paraíso materialista; la conclusión de H.G. Wells en La vida futura ya está aquí.» (págs. 108-110)
Tokio desde Roppongi Hills Mori Tower
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